Budismo

BUDISMO
En un mundo agitado por la vertiginosa vida moderna y la incertidumbre, el budismo realiza un gran aporte: cómo calmar la mente y conservar el equilibrio.

Las prácticas y enseñanzas budistas son útiles porque sistemáticamente promueven la paz interior, la introspección, el cultivo de la compasión y, en última instancia, la Trascendencia (entendida como: superar este mundo y sus limitaciones, o bien, superar este plano dimensional).

Estas instrucciones están abiertas a todas las personas, sin importar cuál sea su religión, porque el budismo es una filosofía de vida, lista para quienes tengan un poco de curiosidad intelectual y la disposición de recibir un conocimiento ancestral para beneficio de su propia vida.

Cualquiera puede incorporar las recomendaciones y meditaciones budistas a su confesión de fe, y enriquecer de esa manera su vida espiritual.

¿QUIÉNES SON BUDISTAS?    

Los seguidores del DHARMA enseñado por El Iluminado (el Buda) son budistas. El Dharma significa muchas cosas: lo Virtuoso, la Verdad, la Ley, o bien, las Enseñanzas Trascendentales.

El Buda es un título, es la palabra para designar a quien ha llegado a un estado de realización muy alto. Puede ser hombre o mujer, joven o anciano/a, pobre o rico/a, secular o religioso/a.

El Buda histórico se llamaba Siddhartha Gautama, pero aparte de él, muchas personas (hombres y mujeres) han llegado a ese estado. Es por eso que el budismo propone hacer prácticas para conseguir la Trascendencia, e inclusive varias comunidades se han organizado, ya sea en lamasterios (también hay monjas budistas) o en grupos de practicantes laico/as, para conseguir llegar a ese último escalón evolutivo.

Por tanto, cualquier persona que en su vida siga una conducta virtuosa y compasiva, con la esperanza de trascender este mundo bajo las enseñanzas de cualquier Ser Iluminado, puede ser considerada budista.

ORDENAR LAS IDEAS

En budismo hay énfasis en la mente, entendida como un conjunto de varias partes.

La parte intelectual, científica, analítica y lógica es precisamente llamada la “mente dual” (porque piensa con base en los opuestos: bueno y malo, frío y calor, interior y exterior, presencia y ausencia).

Pero también existe una parte intuitiva, sensitiva, emocional e ilógica, que se considera como parte de la mente (algunos la llaman “inteligencia emocional”).

Más aún, existen muchas más inteligencias (musical, espacial, kinestésica, espiritual) que de igual manera se consideran como parte de “la mente humana”. Hay incluso algunas que apenas se están explorando.

Pero para fines prácticos, entenderemos que el budismo en las primeras etapas se enfoca a trabajar con la mente racional y lógica: la mente dual.

Hay muchas herramientas para resolver las marañas de pensamientos y distractores que todos los días surjen en nuestra mente dual: al ir caminando, o en el autobús, pensamos en cosas que vamos a hacer, o que no hemos hecho; en lo que nos falta por comprar de la despensa o en pagar el recibo de la luz o el celular. Pensamos en lo que dijo fulanito o en lo que le diremos cuando lo encontremos esta tarde.

Todos esos pensamientos nos alejan del aquí y el ahora. Simplemente vamos caminando, sin sentirlo, automáticamente, pensando y pensando y pensando y pensando.
El poner en orden las ideas (al igual que poner orden en un escritorio lleno de papeles) es precepto en budismo.
Al tener una mente racional limpia y ecuánime, podremos pasar a limpiar otras mentes.

HISTORIA Y CONTEXTO

Es necesario ubicar dónde nace y se desarrolla el budismo. La India, en el siglo VI antes de Cristo es la respuesta.

En ese momento histórico, La India estaba siendo invadida por los Arios (etnia de piel blanca procedente de centro de Asia) y las antiguas creencias religiosas reconocían la reencarnación del alma. Había muchos ascetas y maestros que predicaban sus recomendaciones y preceptos, uno de ellos fue Mahavira, quien proponía la superación del karma a partir de la no-violencia (Mahatma Gandhi practicaba esta filosofía).

En los límites de Nepal y La India, hacia el noreste del actual estado de Kosala, se encontraba la ciudad de Kapilavastu, capital de la tribu de los “sakyas”. Hacia el año 536 (algunos autores apuntan al 558 AC) nace Siddhartha, príncipe sakya hijo del rey Suddhodana Gautama y de su esposa Maya.

Cuenta la tradición que la reina Maya tuvo un sueño: un pequeño elefante blanco descendía de los cielos sosteniendo una flor en su trompa. Enmedio de coros celestiales, el elefante suavemente le colocaba la flor en su vientre, y luego él mismo, sin esfuerzo, se metía ahí mismo.

El rey ordenó a los sabios descifrar dicho mensaje y unánimemente le profetizaron que la reina estaba embarazada de un gran ser que cambiaría la historia.

Sucedió pues, que debido a un compromiso familiar, la reina Maya, avanzada en su embarazo, se encontraba de viaje en caravana por Lumbini, y ordenó detener la marcha para descansar. Al caminar por el bosque, se sintió mal y se acercó a un árbol de ashoka. El árbol mismo le extendió una de sus ramas y sosteniéndola fue que Siddhartha nació, o más bien, se deslizó del vientre, cayendo parado y comenzó a dar siete pasos a los cuatro puntos cardinales.

LA ILUMINACIÓN

Es irónico que el más grande evento en la vida de Siddharta, cuando llegó a la Iluminación, haya sido en la inmovilidad total. Estaba con los ojos cerrados, las piernas cruzadas, y en completo estado contemplativo.
Pero por el propio carácter budista eso iba a pasar así: el budismo enseña que La Verdad se descubre en el silencio y en la quietud, en vez de en la actividad.

Cada vez que se sentaba a meditar, ganaba más concentración y control de su mente. Ciertamente no adquirió inmediatamente esa purificación de pensamientos, sino que fue el resultado del entrenamiento desde que salió de su casa. Y para lograr ese nivel, tuvo que derrotar los obstáculos que corrompen y desequilibran la mente.

Precisamente Mara, el Señor de la Muerte, se dio cuenta de lo que representaba que Siddharta alcanzara el Estado más alto, y lo atacó con todas sus fuerzas. Siddharta tuvo que luchar decididamente y vencer sus dudas, miedos e inseguridades en una batalla interna contra su parte obscura y desconocida.

Podemos imaginarnos que no fue fácil: la leyenda nos dice que el demonio Mara congregó a su ejército para la batalla y era como si cientos de soldados lanzaran flechas encendidas en su contra. Siddharta pudo mantener la calma y convertir esos metales puntiagudos en pétalos de rosas que se desmoronaban, gracias a su compasión, concentración y fe en que conseguiría lo que estaba buscando.

Mara le gritó: “Deja ese asiento, no es tuyo sino mía”. Y Siddharta le respondió: “Mara, no has dado cumplimiento a las 10 perfecciones en su tercer grado ni tampoco has hecho las 5 grandes donaciones. Tampoco te has esforzado por obtener introspección o bienestar en el mundo o la suprema iluminación. Por consiguiente este asiento no te pertenece si no que sin duda es para mi”. Al instante los seguidores de Mara sintieron miedo y huyeron en todas direcciones.

Mara mismo se le presentó entonces con tono seductor y apariencia tranquila. Intentó distraerlo y volverlo a meter en el ego, halagándolo como a un hombre rico e importante.
“Enséñame a hacer lo que tú haces”  le dijo Mara, pero Siddharta respondió
“Tú eres el ego, el que está cubriendo mi Verdadero Ser. Mil veces has construido tu casa en mis cuerpos, pero fue la última. No la volverás a construir. El Cielo y La Tierra son mis testigos”. Dicho esto, Mara gritó de coraje y desapareció. Fue entonces que se convirtió en El Iluminado, el Buda, erradicó toda ignorancia de su Ser y pudo ver las cosas como son, y no como las personas queremos verlas. La historia cuenta que también tocó el suelo con una mano, para manifestar en esta dimensión esa claridad celestial.

Esa batalla sucedió en una noche de luna llena, en el mes de Vesak (mayo). Buda se había sentado bajo un árbol determinado a no levantarse hasta encontrar La Verdad o morir de hambre.

Después de meditar toda la noche, al alzarse la estrella matutina, ocurrió todo esto.
Fue en un momento mágico en el que pudo vencer a Mara. Para tratar de imaginarnos ese momento, fue similar a las ocasiones en que estamos frente a un problema que pareciera insuperable, y en un instante aparece una pista o un elemento que no habíamos tomado en cuenta y que completa el acertijo; es ese instante en que decimos “¿cómo se me había pasado esto?”.